Caso Tipo No. 8, Ariari: Memoria y Resistencia

*Contenido

* Contexto de la conología de la agresión

* Cronología de los crímenes del Alto Ariari

* Cronología de los crímenes del Bajo Ariari

* Estado de la Investigación: La Impunidad

* Experiencias de Resistencia

* Listado de víctimas

 


El Ariari no ha dejado de ser un territorio de conflicto pero también de búsquedas incesantes y creativas; de mucha muerte pero también de mucha vida; de opresión aplastante pero también de resistencia heroica.

El Alto Ariari, que comprende fundamentalmente los municipios de Cubarral, El Castillo, El Dorado, Lejanías, Granada y San Juan de Arama, y el Bajo Ariari, que comprende los de Vista Hermosa, Puerto Rico, Puero Lleras, y Puerto Concordia, han sido escenarios, en el pasado, de numerosas migraciones forzadas, genocidios, nuevos desplazamientos y retornos, pero sobre todo, allí han tomado cuerpo varios de los planes con que el Estado colombiano ha querido responder a la insurgencia armada pasando por encima de los derechos de la población civil y haciendo caso omiso de la tragedia de las víctimas.

Otras publicaciones y proyectos investigativos han abordado los períodos conocidos como el de “la Violencia” (años 40 y 50 del siglo pasado); el del nacimiento de las FARC (años 60); el del narcotráfico y el primer paramilitarismo (años 70 y 80);  el del Genocidio de la UP (1986 – 1998); el de los Diálogos del Caguán y el “Plan Colombia” (1998 -2002). Este estudio se centra en lo sucedido entre 2002 y 2008, años en los que predomina la política de “seguridad democrática” y se implementa el “Plan Patriota”, como complemento del “Plan Colombia”.

Es cierto que los períodos de violencia no se comprenden sin los ciclos anteriores y sin las respuestas que se les dieron. Sin embargo, cada período tiene sus propias características.

Del pasado había quedado una tierra ensangrentada y saturada de memorias prohibidas; campos asolados y dominados por estructuras paramilitares poco cuidadosas que exhibían sin pudor alguno sus relaciones con la fuerza pública; desplazados diseminados en los más dispersos y lejanos confines del país, si bien algunos en resistencias comunitarias organizadas;  proyectos económicos que ofrecían atractivos a las ambiciones y codicias de los mercaderes por su ligazón con inversiones bendecidas por capitales transnacionales.

En ese escenario se apoyan ciertas estrategias que avanzan con la pretensión de representar la “etapa final” de un monopolio ideológico del poder: crear la sensación de una desaparición definitiva de la insurgencia, ya por derrota militar, ya por desmovilización o deserción; control de todo núcleo poblacional, principalmente rural, mediante nuevas formas de paramilitarismo, bajo la modalidad de redes de informantes, cooperantes o empresas privadas de seguridad; repoblamiento de tierras abandonadas por los desplazados con nuevas leyes de propiedad, nuevas poblaciones sumisas y adaptadas a las estrategias de control paramilitar; nuevos controles tecnificados con celulares y computadores;  nuevos incentivos irrigados a través de aparatos políticos ligados al gobierno central. Un instrumento fundamental para todo este conjunto articulado de estrategias estaba constituido por la táctica de los “Falsos Positivos”, o ejecución de civiles haciéndolos aparecer como combatientes, pues con ellos se crea la convicción mediática de que hay numerosas “bajas” de guerra en la insurgencia (derrota militar); se incentiva la “moral” de las tropas mediante recompensas jugosas; se consolida el accionar conjunto de tropas regulares e irregulares; se desarticulan por el terror los movimientos sociales y de oposición; se intensifica el desplazamiento forzado de poblaciones no sumisas y se favorece el redoblamiento con poblaciones de “confianza” del Estado y del empresariado nacional e internacional, impulsando a la vez los megaproyectos que entran en el diseño de futuro.

Por otro lado, la resistencia, aunque sustentada en las franjas más débiles y victimizadas, no se ha quedado estancada. El repudio ético de muchas comunidades en diferentes países, ha hecho multiplicar visitas, acompañamientos, observatorios y misiones que luego redundan en presiones políticas a sus gobiernos y a organismos internacionales para censurar las barbaries. La memoria de las víctimas, saliendo poco a poco del closet mediante peregrinaciones, monumentos, videos, publicaciones, canciones y eventos, incentiva las resistencias éticas y ayuda a mirar críticamente las estrategias criminales. Los retornos de los desplazados organizados a sus zonas de origen apelan a uno que otro funcionario judicial honesto que no tiene más remedio que fallar en derecho. Pequeños ejercicios de independencia de poderes han hecho reventar el escándalo de los “Falsos Positivos”, llevando a una cierta deslegitimación mediática del eje de la estrategia.

El trabajo conjunto de memoria y sistematización llevado a cabo por cuatro organizaciones humanitarias que han acompañado a las víctimas en diversos períodos y en diversas sub-regiones dentro del extenso curso del Ariari, ha permitido sacar a la luz este documento de memoria hisórica. Son ellas: el Sindicato de Trabajadores Agrarios del Meta –SINTRAGRIM-; la Comisión Inter-Eclesial de Justicia y Paz y su aliada en la región: la Comunidad Civil de Vida y Paz –CIVIPAZ; La Comisión de Derechos Humanos del Bajo Ariari –DHBAJOARIARI- y el Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política de CINEP.

Este documento recoge primordialmente la memoria de las víctimas y se ha atendido a los requerimientos que nos hemos impuesto progresivamente, de recoger los contextos y relatos que le dan dimensiones y significados imponderables a los hechos físicos. También ha tratado de recoger las experiencias fundamentales de resistencia, conscientes como somos de que el país está saturado de recomendaciones que nunca se cumplen, así llenen multitud de libros y folletos lujosamente publicados por la Comunidad Internacional. Quizás arrastra más el ejemplo de los que resisten a la barbarie desde profundas convicciones éticas, ya asuman éstas lenguajes religiosos, políticos o humanísticos.

Con profunda fe en la fecundidad de las memorias prohibidas de quienes fueron físicamente destruidos por anunciar un mundo alternativo y más justo, le entregamos esta memoria a nuestros compatriotas que aún conservan alguna capacidad de asombro y compromiso, y a nuestros hermanos de otros países que han sabido ignorar toda frontera para acercarse a nuestras víctimas con solidaridad de especie.

Javier Giraldo, S. J.

Bogotá, julio de 2009