El palacio de justicia. Una tragedia colombiana.

Es un libro de la periodista Colombo - Irlandesa Ana Carrigan Parga. Tuve el privilegio fortuito de presentarlo, el 9 de diciembre, en el auditorio del CINEP. Y puedo asegurarles que es un libro histórico, quiero decir, un libro que no será de buen recibo en Colombia en el próximo medio siglo. No lo será por una buena razón: los que lo pueden comprar no creen que diga la verdad, y los que saben que dice la verdad no lo pueden comprar. Pero el libro es también histórico por tratarse de un documento que desentierra una verdad esquiva, como todas las que encierra la historia colombiana de hoy.

No dudaría en decir que es una pequeña obra maestra, compuesta al mejor estilo de la Carrigan, como el guión de una película, que desde su introducción, te enciende el cinematógrafo de la mente y el texto se desliza ante tus ojos con la viveza de un cine. Sólo Ana Carrigan podía escribir ese relato porque ella posee el gene celta que le da la libertad requerida para poder distinguir la verdad de lo que está pasando en Colombia y el gene colombiano indispensable para sentir esa verdad sin rendirse. Porque esa verdad es lacerante: la verdad de una nación inviable y de una sociedad invivible. La realidad agobiante de un país que no tiene futuro porque ignora el bien público, y de una sociedad que porque se traga la ética se ha convertido en una guerra sin fin.
El relato es una saga doble: la épica de Andrés Almarales, que como el príncipe Segismundo termina encerrado en la locura total de sus sueños, y la de Belisario Betancur encerrado también en su laberinto, un mandatario que claudica sumergiéndose en la mentira total, esa sustancia cada día más viscosa que segrega el establecimiento colombiano. Almarales, sin ser un asesino, mata un número indeterminado de personas entre las cuales cae la cúpula de la magistratura del país. Betancur, sin ser un tonto, dice las mayores sandeces y hace las peores estupideces que un mandatario haya podido decir y hacer jamás.

El valor de la reflexión de la Carrigan es trascendental: va más allá de lo que ven los ojos, más allá de las colinas, es una reflexión hecha con el corazón. Ana no se contenta con la investigación exhaustiva del periodista serio y responsable, especie rara en nuestro medio, sino que añade su propia evaluación de Colombia, con más profundidad que la de toda la sociología y la ciencia política sobrevivientes hoy en el país. Y ella lo hace con más cariño. Así, por ejemplo, precisa como no hubo nunca toma del Palacio de Justicia, sino un doble asalto fracasado por ambas partes. La irracionalidad y la falta de seriedad del M-19 hizo que no pudiera dialogar con un Gobierno al que el establecimiento felicitará por rehusarse a gobernar. Y la irracionalidad e incompetencia del Ejército Nacional que logra demoler una institución venerable y es incapaz de proteger la vida de los ciudadanos. Subraya también la autora el hecho triste, descrito en forma magistral por Julio César Turbay, de que “en Colombia o se gobierna con los militares o no se gobierna”, frase que deja a lo descubierto la entraña falaz de la tan cacareada democracia colombiana. ¡Una democracia militar!

Pero, además de la crónica relatada con maestría, nos revela con admirable sutileza, cómo esa doble operación no fue más que la renuncia a la inteligencia, tanto por parte del M-19, como por parte del Ejército Nacional. Y yendo más allá, nos muestra cómo esa renuncia a la inteligencia que conlleva la renuncia a la verdad, es la trama del poder en Colombia. Sobre la mentira oficial se teje el día a día de la política colombiana y sobre la negación de la realidad se construye el diario quehacer del Gobierno, de la economía, de la insurgencia y de los medios de comunicación más exitosos como fuentes de lucro. La autora lo dice con frase lapidaria: “nada de lo real contaba”. ¡No puede contar lo real en una política en la que todo es surrealista!

El libro muestra cómo renunciar a la inteligencia, que es lo mismo que abrazar la mentira, tiene una sola e inevitable consecuencia: la destrucción de la vida propia y ajena. Todas las demás miserias sociales son metástasis de ese mismo cáncer. Y de forma mucho más acuciante nos deja el aviso claro, que debería grabarse en el escudo de Colombia, en vez de la falsa consigna de libertad y orden que hoy ostenta. Ese aviso reza así: “lo que protegió de la locura a esa gente confinada fue la solidaridad, la compasión y la simple decencia”. Esta frase, tal vez demasiado larga para un símbolo patrio, es demasiado corta para describir por qué la estupidez de la dirigencia colombiana no ha logrado aniquilar a todo el pueblo pobre y sumiso. En ella se explica porqué un establecimiento que ha elegido el suicidio colectivo, mediante una abjuración de la solidaridad, la compasión y la simple decencia, no ha logrado erradicar la vida de todos esos grupos que sobreviven gracias a su simple decencia de resistir frente a ese Estado de papel y de balas, cuyo Gobierno Ana Carrigan pinta de una pincelada: “Las luces titilaban sobre la mesa, sobre las cabezas de los sombríos miembros del Gobierno del presidente Betancur. Continuaron con sus discusiones desganadas sobre opciones que no tenían intención de llevar a cabo y que, de todos modos, ya no existían.”

Eso no fue solo un momento del 6 y 7 de noviembre de 1985. Las luces de la razón siguen hoy titilando en la “Casa de Nari” y en el Congreso. Y éste último sigue con la misma desgana de legislar para los colombianos y, todavía más, de hacerlo con justicia y solidaridad.
Por último, debo decir que el valor útil y más inmediato del libro es su reflexión sobre la violencia. Porque la renuncia a la violencia es precisamente el gozne de la ética. Sobre la opción racional en vez de la violenta gira la puerta que abre el secreto de las relaciones humanas, desde el coito hasta la tortura. En su honda meditación, la autora pone al servicio de los colombianos una intuición femenina genial y muestra lo inevitable de la tragedia de haber elegido la fuerza bruta por ambas partes. Cada cual, Almarales y Betancur protegieron sus alucinaciones gracias a la eliminación de los inocentes. Y yo no sabría decir qué salida es preferible: si la de morir como un macho asesino fracasado como liberador, o la de sobrevivir como un cobarde asesino fracasado como mandatario.

La violencia es tal vez la palabra más usada en el estudio de la política colombiana, porque, lo dice Carrigan, “quienes tienen las armas tienen la última palabra. Así ha sido siempre en Colombia”.

No puedo terminar sin elogiar a Constanza Vieira por su epílogo y por su callada labor al lado de Ana Carrigan. La última frase de dicho epílogo me devuelve una esperanza que las sombrías consideraciones que les he presentado amenazaban anegar. El sueño de la paz que anida en la noche de Navidad se borda en los crespones de esperanza y se afinca con las cintas del amor. El renacer de la justicia en el pesebre de Colombia es el mejor regalo de Navidad. ¡Feliz Navidad a todos ustedes!
Alejandro Angulo, S. J.